Opiniones

La monetización de los problemas sociales en Barahona

Anteriormente ser reportero, periodista o comunicador, era sinónimo de voz para aquellos que reclamaban soluciones de problemas sociales muy añejos.

Por Wellington A Pérez

 Anteriormente ser reportero, periodista o comunicador, era sinónimo de voz para aquellos que reclamaban soluciones de problemas sociales muy añejos.

En Barahona, los problemas no solo duelen: también generan clics. La falta de agua, el deterioro de los servicios, las promesas incumplidas y las carencias cotidianas han encontrado un nuevo escenario donde multiplicarse: las redes sociales. Allí, lo que debería ser un grito colectivo en busca de soluciones, muchas veces termina reducido a una mercancía emocional que se consume rápido y se olvida igual de rápido.

Cada denuncia, cada video sobre el deterioro de los servicios de salud en el Jaime Mota o de una calle intransitable, acumula reacciones, comentarios y compartidos. Pero detrás de esa aparente visibilidad, surge una pregunta incómoda: ¿cuánto de ese contenido busca realmente transformar la realidad, y cuánto responde a la lógica de monetizar el conflicto?

La línea es delgada. Hay comunicadores y ciudadanos comprometidos que utilizan sus plataformas para visibilizar lo que otros callan, presionando por respuestas y generando conciencia. Pero también hay quienes han encontrado en la crisis una fórmula rentable: amplificar el problema sin contexto, exagerar el drama, publicar sin seguimiento. El resultado es un ciclo donde el sufrimiento se convierte en espectáculo y la solución pierde protagonismo.

El algoritmo no premia la profundidad ni la responsabilidad; premia la intensidad. Y en ese juego, Barahona corre el riesgo de quedar atrapada en una narrativa repetitiva, donde los mismos problemas se reciclan como contenido, mientras las soluciones se diluyen entre publicaciones efímeras.

Esto no significa silenciar la denuncia. Al contrario, implica elevarla. Contar mejor, con más contexto, con más rigor. Darle seguimiento a los temas, exigir respuestas concretas, evitar la tentación de convertir cada dificultad en una oportunidad de engagement vacío. Porque cuando la atención se vuelve negocio, la ética debería ser el límite.

Barahona no necesita más ruido; necesita más propósito. Que cada publicación no sea solo un reflejo del problema, sino un paso hacia su solución. Que el contenido no se agote en la reacción, sino que impulse acción.

Al final, la verdadera influencia no se mide en vistas, sino en cambios reales. Y ahí es donde se define la diferencia entre informar… y aprovecharse.

Wellington Pérez

Egresado como periodista de la Escuela de comunicación de la Universidad Autónoma de Santo Domingo (UASD). Cuatriboliao, Minoso y más Cabraleño que una Cachua o una Viejaca.

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