
Carajo, el Sur no es profundo, es humano
Por Elmer Gonzalez
Ha pasado más de una década que mi aventajado primo Benjamín Toral (agrónomo y académico barahonero) escribió el contundente ensayo de llamado de atención a los medios de comunicación del país sobre el uso del término (sur profundo) para referirse al suroeste o a la región Enriquillo.
Y es que, sin quizás, sensibilizado por el ejercicio de defensor de la sureñidad dominicana, observo que la expresión “sur profundo” utilizada cada vez con mayor frecuencia para referirse a las comunidades y territorios del sur del país, nombrados desde el prejuicio histórico y cargados un significado intrínseco que va más allá de la simple ubicación geográfica.
Este reiterado uso tiene paralelismos con el término Deep South en Estados Unidos, históricamente empleado para describir estados del sur (Alabama, Mississippi, Georgia, Louisiana y South Carolina) caracterizados como conservadores y rurales, y una connotación de menos desarrollados.
En ese mismo marco contextual surge la expresión Dixie, un concepto profundamente ligado a la esclavitud y al racismo histórico. Representa al bando confederado que defendía la esclavitud. De hecho, para muchas personas afroamericanas, Dixie evoca opresión, segregación y violencia racial, lo que explica su carácter sensible y problemático en la actualidad.

Creo firmemente que el adjetivo “profundo” estaría correctamente empleado si fuere usado para designar la hondura física de elementos concretos como el Lago Enriquillo o la depresión en El Hoyo de Pelempito, o tal vez utilizarse de forma metafórica para describir la intensidad o complejidad de realidades abstractas y adimensionales como la profundidad del pensamiento o el amor característicos del habitante del Sur.
Sin embargo, cuando este adjetivo se adhiere a esta región, el mensaje subliminal que transmite suele ser negativo, y mientras más al Oeste es la territorialización, pues se enfatizan carencias, atraso y marginación, más que identidad, riqueza cultural o potencial humano.
Evidentemente, aunque a primer oído el término pueda parecer un calificativo descriptivo, en la práctica encierra un lenguaje de estigmatización territorial, una connotación peyorativa que refuerza huellas históricas, sociales y económicas. En contraste, resulta capcioso que al Cibao fronterizo se le denomine “La Línea” un término funcional y territorial, desprovisto de la carga despectiva que arrastra la expresión “sur profundo”.
En realidad, lo único verdaderamente profundo en el sur dominicano es el talento, el valor identidad, dignidad colectiva y creatividad de más de un millón de personas que habitan una de las regiones más resilientes, dinámicas y con mayor proyección de futuro del país.
Carajo, el Sur no es profundo, es humano. Más allá del estigma, reducirlo a un adjetivo peyorativo no solo es injusto, sino también profundamente equivoca




