¿Un café con el enemigo?

Juana Díaz

Nuestro último “desencuentro” ocurrió hace casi tres años y fue para insultarnos y amenazarnos mutuamente. Habían pasado solo tres días de la muerte de Luis Carlos por mala práctica médica en una de sus clínicas.

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Juana Diaz

De ser mi médico por largo tiempo, pasó a ser mi acusado ante los tribunales por homicidio involuntario. No obstante, su poder económico y político lograron detener el proceso hasta el día de hoy. Así que me sobraban motivos para no querer volver a verle.

Sin embargo, esta semana, en el lugar menos esperado, en el día en que sentía ajada y arrugada el alma y hasta la voz, apareció frente a mí. Lo percibí rejuvenecido, calmado, radiante y feliz. Por poco me invadió la envidia.

Después de intercambiar varias miradas, noté que estaba de pies mientras yo ocupaba una mesa para cuatro personas. Me negué a mis deseos de hacerle esperar a que yo terminara y le invité a sentarse conmigo.

No sé quién de los dos rompió el hielo ni cómo caímos en una conversación en la que hablamos de todo. Incluso del baile dominguero en las Ruinas de San Francisco de la Zona Colonial.

Para mi sorpresa, su historia de dolor fue el centro de la conversación. A tres meses de la muerte de “mi Luis Carlos” murió “su Maribel” (como solía llamar a María, su esposa y mi cosmiatra).

Por un momento pensé que su herida, pese a “haberme ganado el pleito”, aun sangraba. Tal vez más que la mía.

Con lujo de detalles, me contó cómo el cáncer asumió una forma camuflada y se burló de su conocimiento, hábitos saludables y recursos para arrebatarle a su amada esposa.

Terminamos nuestros cafés y nos despedimos con la invitación a pasar por su consultorio para probar unas terapias (que él mismo utiliza) para ayudarme con mis dolores y alergias. Dijo que hablar conmigo le había hecho bien. Ignoraba que él acababa de ayudarme a saldar una deuda conmigo misma.

#PerdonarEsDecision

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